Las guías de práctica clínica son útiles para manejar las dislipemias

Las guías de práctica clínica son recomendaciones clínicas que se emplean en las consultas. Como cualquier guía se actualizan por médicos teniendo en cuenta las evidencias científicas y la revisión de estudios clínicos elaborados, respondiendo a preguntas concretas que surgen en las consultas médicas. Algunas de estas guías surgen en otros países y en ocasiones hay que adaptarlas a las características clínicas poblacionales de cada entorno. Las guías tienen como objetivo mejorar y modificar los aspectos que según las evidencias científicas son susceptibles de cambio y homogeneizar la práctica en la medicina. Concretamente, el paciente con dislipemia es una persona con un riesgo cardiovascular aumentado. Este riesgo además se ve incrementado por otros factores complementarios. Siempre que las evidencias clínicas  demuestren que cualquier otro factor puede aumentar el riesgo en mayor o menor medidas van a ser susceptibles de actualización. De esta manera, se pretende contribuir a la mejora de la asistencia sanitaria de los pacientes.

Las guías más utilizadas son la Guía Europeas de Cardiología y la de Arterioesclerosis, existiendo una adaptación de estas guías por parte de la Semfyc con vistas a hacerlas más extrapolables a nuestro país. Y también se utilizan las de la American Association of Clinical Endocrinologists y las del American College of Endocrinology. El problema a veces es la existencia de distintas guías para un mismo tema realizadas por grupos diferentes que abordan lo mismo de forma parecida, pero no igual.

Las guías de práctica clínica van más enfocadas a los profesionales sanitarios médicos, sobre todo en lo referente al tratamiento farmacológico y objetivos a nivel de cifras analíticas a alcanzar. Sería deseable conocer primero qué necesidades tienen estos pacientes, puesto que la mayoría de las veces desconocemos lo que realmente esperan los pacientes de nosotros o del tratamiento.

Necesidades de los pacientes

En líneas generales, las guías recogen bien las necesidades de los pacientes que se ven en la práctica diaria. En las últimas décadas, las políticas sanitarias de los países desarrollados y los profesionales están orientando sus actividades hacia el ciudadano como eje del sistema sanitario. Los ciudadanos, a su vez, demandan un papel activo en la toma de decisiones relacionadas con su salud. En este contexto, el desarrollo y la utilización de guías de práctica clínica (GPC) se están orientando también como instrumento de encuentro entre políticas, ciudadanos y profesionales, lo que plantea no pocas dificultades metodológicas y operativas. El objetivo es proporcionar pautas generales que ayuden a los distintos actores en la incorporación de los pacientes para el desarrollo de las GPC y adaptarlas a una versión de pacientes (GPC-P). Se ha realizado una revisión estructurada de documentos metodológicos sobre GPC y documentos orientados a la elaboración de GPCP o similares. Tras la síntesis de información, se proponen tres áreas de desarrollo (contenidos, diseño y evaluación) y dos ámbitos en la participación del paciente en GPC: como un miembro más del grupo que elabore la guía y/o como miembro del grupo de la elaboración de la GPC-P. El proceso de participación de ciudadanos no es sencillo, requiere planificación y sensibilidad de los implicados, pero no cabe duda que añade valor en la implantación de las GPC.

Necesidad de consenso

Hay que destacar que no existe suficiente consenso entre los profesionales. Existe una alta presión asistencial en atención primaria a la que hay que añadir un exceso de información y actualizaciones constantes no sólo en dislipemias, si no en diferentes temas, lo que dificulta que los profesionales estén totalmente actualizados y exista un consenso absoluto en el manejo del paciente con dislipemia. Por otro lado, las sociedades científicas establecen consensos para poder implementarlas en el ejercicio profesional, además la mayoría de ellas coinciden en las recomendaciones básicas. Muchos profesionales sí que utilizan las guías porque constituyen una valiosísima arma de trabajo. Llevan mucho trabajo realizado y esto inspira confianza.

En el control de la dislipemia, enfermería contribuye a mejorar los estilos de vida de los pacientes mediante educación para la salud estructurada en módulos, principalmente en lo referente al ejercicio físico y alimentación, de forma que los pacientes estén bien formados en la alimentación que es adecuada para ellos. Se debe considerar en esta formación el nivel socio-económico de los pacientes al elaborar las recomendaciones, ya que en muchas ocasiones es bajo y no pueden tener acceso a productos de alto coste. Los farmacéuticos, y también el personal de enfermería, podrían contribuir a la detección de problemas relacionados con los medicamentos como incumplimiento, infradosificación, falta de comprensión del tratamiento y reacciones adversas.

Consejo del farmacéutico

El farmacéutico podría aportar, desde su formación y experiencia, el consejo directo a los pacientes en torno a la prevención de riesgo cardiovascular, con recomendaciones higiénico-dietéticas. El farmacéutico comunitario, tanto por sus conocimientos farmacológicos como por su accesibilidad y cercanía, es, hoy por hoy, el profesional sanitario que posee una visión más global del tratamiento farmacológico (especialmente complejo en pacientes pluripatológicos) y forma de vida del paciente. La población manifiesta una gran confianza en el farmacéutico comunitario y desde la introducción de la receta electrónica es el sanitario al que el paciente visita con más frecuencia; hecho que le permite conocer los medicamentos de prescripción y de automedicación que utiliza cada paciente. Tanto la enfermería como los farmacéuticos son un vehículo de información y de formación en salud nada prescindible. En un aspecto diferente al médico ambos tienen una cercanía al paciente que resulta muy efectiva tanto en la comunicación de aspectos higiénico dietéticos como los que atañen al tratamiento farmacológico.

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Medicina de Familia Gerardo Antón Martín, Marta Pinel González Pilar Lasala López, María Ángeles Díaz-Entresotos Cortés, María Eugenia Seguro Requejo y Agustín Sánchez Sánchez, del Centro de Salud Fuentelareina; Myriam Pérez Escribano, Margarita Ruiz Pacheco y Vicenta Hernández Perlines, del Centro de Salud Monforte de Lemos; los médicos de Atención Primaria Rocío Martín López, o Mª Abel Regalado del Valle,  Mª Ángeles Miguel Abanto y Antonio Santoyo Rodríguez, del Centro de Salud Dos de Mayo, en Móstoles, y Susana Duce Tello y Margarita Portillo Llompart, y los endocrinólogos Alejandra Durán Rodriguez Hervada, Nuria Garcia de la Torre Lobo y Gonzalo Allo Miguel, de Madrid.

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