El manejo de la obesidad abdominal mejorará el control del riesgo cardiometabólico

La obesidad abdominal es una enfermedad crónica multifactorial, definida por un exceso de grasa corporal perjudicial para la salud. Puede asociarse a complicaciones potencialmente graves. Se cuantifica con la medida del perímetro abdominal con una cinta métrica, en posición de bipedestación y una vez realizada una espiración. Además, hay que tomar como referencia el ombligo; de manera que se considera obesidad abdominal en el hombre si el perímetro es superior a 102 cm y en la mujer si es superior a 88 cm.

Y es que el método más utilizado en el adulto para definir y clasificar la obesidad es el índice de masa corporal (IMC). No obstante, hay que tener en cuenta que el exceso de grasa corporal y su distribución constituye un predictor independiente de riesgo y morbilidad. Por eso, la localización central o abdominal se relaciona con más riesgo de complicaciones metabólicas y se mide mediante la circunferencia de la cintura (CC) o por el  índice cintura-cadera.

Porque la obesidad abdominal se relaciona con un aumento de grasa a nivel visceral, lo que conlleva un aumento de la resistencia a la insulina y de la intolerancia a la glucosa y, por tanto, un incremento del riesgo cardiovascular.

Entre los principales factores de riesgo se encuentra la dieta hipercalórica, el sedentarismo, las patologías endocrinológicas, como enfermedad de Cushing, hipotiroidismo, síndrome ovario poliquístico, y algunos fármacos. Realmente, la obesidad aparece cuando existe un exceso de aporte energético en relación al consumo. En las últimas décadas, se ha producido un mayor consumo de alimentos hipercalóricos (con alto contenido de grasas y azúcares) y una menor actividad física, tanto laboral como social o del tiempo de ocio.

Factor predisponente

La obesidad abdominal se considera un factor de predisposición a desarrollar factores de riesgo cardiovascular como diabetes tipo 2, hipertensión arterial y dislipemia. La obesidad abdominal aumenta claramente con la edad, aunque entre niños y jóvenes está experimentado un incremento de prevalencia en los últimos años. Además, es más prevalente en mujeres.

Por eso, el principal objetivo del manejo de la obesidad se centra en la pérdida de peso y en mantenerla mediante la modificación de la dieta y la práctica de ejercicio físico. El apoyo psicológico con terapia conductual es imprescindible para el mantenimiento de los cambios a largo plazo, por el carácter crónico y multifactorial de la enfermedad. El objetivo es alcanzar un peso corporal, previamente pactado con el paciente, lo más próximo posible al normal.

Para conseguirlo, es imprescindible una modificación sustancial de los hábitos de vida por parte del paciente, que se debe centrar en una dieta cardiosaludable y realizar ejercicio físico de forma regular. La reducción del perímetro abdominal disminuye el riesgo cardiometabólico del individuo y mejora también el funcionamiento de los vasos sanguíneos.

En cuanto a la dieta, es importante reducir la ingesta de hidratos de carbono y de lípidos e incrementar el consumo de frutas y verduras y disminuir la ingesta calórica entre 500 y 1000 Kcal / día.

Por lo que respecta al ejercicio físico, debe tratarse de actividad aeróbica que empezará con intensidad moderada para ir aumentando de forma progresiva hasta alcanzar los 60 min/día.

Implicación del paciente

No obstante, el médico se tienen que enfrentar a dos problemas importantes, que el paciente no suele comprometerse en cambiar sus hábitos de vida y que es difícil mantener el descenso de peso, ya que, normalmente, una vez conseguido se produce un efecto rebote. Por eso, es importante, el apoyo psicológico, sobre todo con estrategias cognitivo-conductuales. Mantener el peso perdido con las intervenciones anteriores es complejo. Para lograr cambios duraderos tanto en comportamientos alimentarios incorrectos, como en el estilo de vida, obliga al profesional a indagar sobre el nivel de motivación del paciente.

Por su parte, el tratamiento farmacológico de la obesidad abdominal dependerá de su etiología, de manera que si la causa es el hipotiroidismo se deberá administrar levotiroxina,  en el  síndrome de ovario poliquístico, metformina a dosis bajas permitirá reducciones significativas del perímetro abdominal. En los casos donde haya un fármaco implicado, la obesidad abdominal se revertirá con su retirada.

Manejo farmacológico

Una vez descartado los efectos secundarios, si las medidas higiénico-dietéticas descritas no permiten los resultados deseados, el médico puede aconsejar el uso de fármacos autorizados para el tratamiento crónico de la obesidad, donde se encuentra orlistat y sibutramina. El primero es un inhibidor de las lipasas gastrointestinales que es capaz de disminuir la absorción de grasas en un 30%. Entre sus efectos adversos están las urgencias evacuatorias, heces oleosas y disminución de la absorción de vitaminas liposolubles. Por su parte, la sibutramina es un inhibidor de la recaptación de serotonina, noradrenalina y dopamina. Como efectos secundarios presenta un aumento de la presión arterial y de la frecuencia cardiaca, y en menor medida sequedad de boca, cefalea e insomnio.

En los últimos años, han aparecido fármacos antidiabéticos como son los agonistas de los receptores de la GLP-1 y los inhibidores de la SGLT 2, que han demostrado producir reducciones de peso, por lo que se han convertido en principios activos a tener en cuenta en pacientes diabéticos con obesidad abdominal. Se deben considerar aquellos fármacos que no influyan negativamente en el peso.

En este contexto, el farmacéutico, como agente de salud que trabaja en contacto diario con el paciente, tiene un papel fundamental  en la detección de casos, dispensación de consejo sanitario, posterior control y posible derivación a personal facultativo. Así, la farmacia es un lugar adecuado para realizar el control de peso, el cálculo del IMC y la medición del perímetro de cintura. También puede informar a los pacientes sobre los hábitos de vida saludables.   

Para la elaboración de este artículo se ha contado con la colaboración de los doctores especialistas en Medicina de Familia Nora Yanovsky Marti, Teresa Genover Llimona, Esther Benaque Vidal, Natividad Fernández Padilla y Juan Fernando Fernández Moyano, de Barcelona; Antonia Davin Pastor, Elena Esteban Ramis, Christian Cassens Schunig y Gabriel Lliteras Fleixas, del Centro de Salud Pere Garau, y Manuel Armando López, María Teresa Portolés y Héctor Padrós, del CAP Terrassa Nord.

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