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Mujeres pioneras en un mundo de hombres

Silvia C. Carpallo | 28 de febrero de 2020

La Farmacia es una profesión especialmente feminizada… pero no siempre fue así

Actualmente en España hay en torno a 74.000 farmacéuticos colegiados. Se estima que más del 71,6 por ciento de ellos son mujeres, según los datos extraídos del informe anual de colegiados y farmacias, que cada año actualiza el Consejo General de Farmacéuticos. Una cifra que incluso se prevé que aumente, ya que, si se observan los datos del porcentaje de estudiantes de la Facultad de Farmacia, de universidades tan representativas como la Universidad Complutense de Madrid, este supera el 80 por ciento de mujeres. Estas cifras llevan a hacer la afirmación de que la Farmacia es una profesión especialmente feminizada, pero no siempre fue así. De hecho, ni si quiera es así desde hace tanto tiempo. 

Solo hace falta echar la vista atrás unos cien años para encontrar un panorama muy distinto, en un tiempo en el que la mujer no podía acceder apenas al mundo laboral y mucho menos al entorno universitario. Pese a ello, precisamente las farmacéuticas fueron de las primeras mujeres en acceder a la universidad, e incluso tuvieron capacidad de regentar su propio negocio. Todo ello teniendo en cuenta que a principios del s. XX un 40 por ciento de la población era analfabeta, por lo que solo el 2 por ciento de la población accedía al bachillerato, y menos del 1 por ciento lograba entrar en la universidad. 

Teniendo en cuenta que no fue hasta el 8 de marzo de 1910 cuando la Gaceta de Madrid publicó una Real Orden del Ministerio de Instrucción Pública para permitir la matriculación de alumnas en todos los centros docentes, la llegada de la colegiación obligatoria de los farmacéuticos en 1918 no debería haber contado con muchas mujeres en sus filas. Pero las hubo. Dos mujeres en el bienio 1918-19, 28 mujeres en la década de 1920-29 y 76 mujeres en el sexenio de 1930 a 1936.

En honor a las mismas, el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (COFM) realizó la exposición “Pioneras farmacéuticas. Las primeras mujeres colegiadas en el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (1918-1936)”, para dar a conocer los nombres y la historia de las primeras 106 mujeres farmacéuticas de Madrid.


La importancia de la documentación histórica

Esta exposición surgía como una iniciativa liderada por la Junta de Gobierno. La misma contaba, por primera vez, con dos técnicos de archivo e historiadores, que han realizado durante varios meses una labor de investigación sobre los fondos documentales del COFM, un archivo centenario que custodia la memoria de la institución madrileña.

La exposición se componía así por ocho mesas en las que se recogía documentación administrativa, cartas y fotografías, vinculadas precisamente a la labor de estas mujeres a principios del siglo xx. Así, se abordaba en primer lugar el reto que suponía para las mismas acceder a la universidad, después el poder ejercer la profesión, y cuál era su papel en ámbitos diferentes como los laboratorios, la oficina de farmacia o la farmacia rural. 

Como explicaba en la presentación de esta exposición Mercedes González Gomis, secretaria del COFM e impulsora del proyecto, “gracias a estas mujeres nuestra profesión avanzó y nos permitió a muchas mujeres ejercer nuestra profesión desde distintos ámbitos”. No obstante, si en 1918, cuando se inició la colegiación obligatoria, solo el 0,8 por ciento de las colegiadas eran mujeres, esta cifra alcanzó el 28 por ciento en 1936, y a día de hoy, varía entre el 73 y el 83 por ciento. En este sentido, la farmacéutica reflexionaba que el hecho de que esta profesión tuviera a muchas mujeres pioneras también se pudo relacionar con que muchas mujeres tenían su casa en las propias oficinas de farmacia, lo que les permitía compatibilizar su familia y su profesión, algo poco habitual en la época. 

Por otra parte, la secretaria del COFM también destacaba que esta era una de las primeras iniciativas a través de las cuales se quiere “dar a conocer el patrimonio documental que tenemos en el colegio”. A este respecto, Marta García, archivera del COFM, insistía en que “la historia nos ofrece información y conocimiento, también para comparar lo que fuimos con lo que somos”.
En este sentido, cabe recordar que el archivo del COFM es eminentemente administrativo, por lo que se consiguieron rescatar documentos de solicitud de colegiación, que han permitido encontrar algunas fotografías, además de pagos de cuotas, solicitud de certificaciones, etc. Asimismo, para contrastar la información se ha recurrido a documentación del Archivo Histórico Nacional, de la Biblioteca Nacional y de la Real Academia de Farmacia. Por último, para dar contexto también se han incluido algunos ejemplos de publicidad farmacéutica de la época. 

Una historia de actualidad

Tal y como reconocían los ideólogos de esta exposición, la misma quizás no hubiera sido posible sin el auge actualmente del feminismo, que no solo contempla la lucha por los derechos igualitarios entre hombres y mujeres en la actualidad, sino que también busca reconocer la labor histórica que ha tenido la mujer, y que no siempre ha sido reconocida. 

Por ello, con la intención de que esta exposición no quedase en un mero recorrido de documentos y fotografías, desde el COFM se prepararon una serie de conferencias para profundizar en el papel de la mujer en la Farmacia. Así, se abordaron algunas cuestiones como el papel de la mujer en la Facultad de Farmacia de Madrid; la invisibilidad política del proceso de feminización de la Farmacia durante el S. XX y el s. XXI; las mujeres farmacéuticas como pioneras en romper el techo de cristal; o la mujer y la farmacia en el Ateneo de Madrid. Todo ello, además, coincidiendo con la celebración el 25 de septiembre del Día Mundial del Farmacéutico.

Poner nombre al olvido

Como explicaba Raúl Renau, el otro archivero encargado de esta exposición, la vida de estas 106 mujeres había quedado en el olvido y era hora de rescatarla, aunque no fue una labor fácil. “De hecho, al principio solo conseguimos rescatar 20 nombres, pero poco a poco se fueron colando más mujeres con historias fascinantes”.

Si bien la exposición comenzaba con una cronología con todas las fechas, nombres y las pocas fotos disponibles, entre la documentación expuesta destacaban la historia de 8 mujeres en concreto, cuyo papel resultó fundamental en el avance de la mujer en la profesión de Farmacia. 

La primera de ellas, Elvira Moragas Cantarero Lillo fue precisamente la primera mujer en colegiarse en el Colegio de Farmacéuticos de Madrid en el año 1918. De la misma forma, fue una de las primeras mujeres admitidas como alumna en la Universidad de Madrid. Sus estudios en la Facultad de Farmacia (1899-1904) le convirtieron en la décima titulada en Farmacia en el año 1905, y la quinta por la Universidad de Madrid. A la muerte de su padre, se ocupó de la regencia de la farmacia familiar de la calle San Bernardo 11 y, tras el fallecimiento de su madre en 1911, se hizo con la propiedad. Sin embargo, solo pudo permanecer al frente del establecimiento hasta que su hermano, Ricardo Moragas, finalizó sus estudios y la relevó. Posteriormente, ingresó en el convento del Carmelo de Santa Ana, en Madrid. Asesinada en 1936, tras su muerte se inició un proceso de beatificación que culminó en 1998.

A lo largo de ese mismo año 1918, también se inscribió Rosa Martín de Antonio. Propietaria de la farmacia de la calle Colón número 6 de Madrid, que gestionaba junto a su hermana, también era maestra y estaba afiliada al Partido Republicano Radical Socialista. Martín de Antonio ejerció un cargo en la Junta de Gobierno del Colegio de Farmacéuticos de Madrid en 1936. El perfil de ambas mujeres marca interesantes contrastes en la forma de entender la vida y el ejercicio de la profesión. De hecho, estas dos farmacéuticas resultan un paradigma de la diversidad ideológica y social existente en la sociedad de aquella época.

Destaca también la historia de Rosa Herrera Montenegro, colegiada número 842, pero que pudo alternar su ejercicio en la oficina de farmacia, con la educación y la investigación científica. De hecho, desde 1933 fue catedrática de Historia Natural y Agricultura, y a su vuelta a Madrid, ocupó la dirección del Laboratorio Foster (1930-1932). Tras la liberación de la capital en 1939, su farmacia quedó cerrada, por encontrarse la farmacéutica en Francia y ser declarada desafecta al Régimen. A partir de 1945 consta en el Archivo del Colegio su continuidad al frente de la citada oficina de farmacia.

Por su parte, Josefa Bonald Erice, la colegiada número 564, era hija del farmacéutico malagueño con laboratorio, Juan Bonald Jiménez. Colegiada desde 1926, ejerció como regente de la farmacia de la Mutualidad, en Puente de Vallecas. Además de hacerse cargo de sus dos hijos, alternó el trabajo en la citada farmacia con la dirección técnica del Laboratorio Bonald. De dicho laboratorio surgieron las famosas Pastillas Bonald, de diferentes composiciones: benzocaína, benzocaína y mentol, mentol, cloroborosódicas, mentol y eucalipto y frutos pectorales a la codeína, entre otros. 

Más centrada en la oficina de farmacia estuvo María Josefa Puebla Potenciano, que se licenció en Madrid en el año 1923, y fue la colegiada número 549. La misma tomó un camino muy común de las farmacéuticas de la época, dedicarse a la inspección farmacéutica, profesión que ejerció en las provincias de Toledo y Jaén. Tras la guerra, trabajó como responsable del depósito central de medicamentos, jefe del laboratorio del depósito y del laboratorio de inyectables. Fue farmacéutica del Hospital Provincial y del Hospital de San Juan de Dios. Sus últimos años de profesión los dedicó a un proyecto para fundar en Madrid un conjunto de residencias para farmacéuticos no incluidos en el sistema de Seguridad Social, idea de la que se hizo eco la prensa.

Superando obstáculos

Estas historias no tendrían sentido sin entender el contexto en el que sucedieron. Como recordaban los escritos de la propia exposición, en la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX, la función social de la mujer se ceñía a tareas ceñidas al ámbito doméstico y de carácter reproductivo, siendo la educación superior un ámbito limitado a unas élites masculinas. 

No es de sorprender que la irrupción de las mujeres en las aulas universitarias supusiera una revolución. El acceso femenino a niveles superiores de instrucción supuso entonces la adopción de medidas especiales para su asistencia a clase, en un contexto en el que las estudiantes tenían que sortear distintas trabas para la concesión de títulos.

Precisamente la universidad madrileña fue la que recibió el mayor porcentaje de alumnas con anterioridad a la Guerra Civil, por delante de las de Barcelona, Santiago o Granada. Junto a la Universidad, la Residencia de Señoritas jugó un papel decisivo como núcleo favorable a la educación superior de las mujeres.

Como recordaba Marta García, archivera del COFM, una vez conseguido el título quedaba un nuevo techo de cristal que derribar, ya que “para acceder al mercado laboral las mujeres necesitaban la licencia del padre o del marido, e incluso si ya estaban trabajando el marido podía reclamarlas para que volvieran al hogar”. Tal era la situación que incluso en los archivos existen ordenanzas y estatutos de algunas empresas que establecían que las mujeres no podían acceder a puestos directivos. 

Pese a todo ello hubo mujeres que lograron acceder a este mercado laboral. Algunas de ellas heredaron las oficinas de farmacia, y aunque la titularidad sería del marido, ellas pudieron regentarlas. En otros casos, estas mujeres accedieron a puestos como técnicas de laboratorios municipales o de empresas particulares. Sin embargo una de las opciones laborales más comunes, si conseguían superar las oposiciones, era dedicarse a la inspección municipal o, de forma más marginal, en los hospitales, ejerciendo la docencia universitaria o en centros de investigación.

Otras mujeres farmacéuticas consiguieron ejercer su labor profesional como directoras técnicas de laboratorios individuales y/o colectivos; es el caso de María Luisa Heredero Igarza (colegiada 882), al frente del Laboratorio Amor Gil y de Irene Pueyo Fernández (colegiada 1.463), directora del Laboratorio Lahoz (Laboratorio Americano).

En el entorno rural, cabe recordar que la función profesional de los farmacéuticos titulares, introducida por la Ley de Sanidad de 28 de noviembre de 1855, era doble: por un lado cubrían la asistencia farmacéutica de las familias pobres del municipio, y por otra asesoraban a los respectivos ayuntamientos en asuntos relacionados con la higiene y la sanidad pública. En este sentido, las funciones de estas farmacéuticas se vieron ampliadas, pasando por surtir a las Casas de Socorro de los medicamentos necesarios para su adecuado funcionamiento, efectuar análisis clínicos para los enfermos de la beneficencia municipal, realizar el análisis químico de alimentos, condimentos y otros productos alimenticios en las poblaciones donde no existiera laboratorio municipal, y la ejecución de trabajos de desinfección de locales dedicados a estas actividades, en aquellos ayuntamientos carentes de personal.

Por último, en cuanto a las propias oficinas de farmacia, hay que tener en cuenta que el derecho civil español restringía el acceso de la mujer a la propiedad privada. Este impedimento obligó a las farmacéuticas a contar con el permiso de su marido o padre para poder acceder a la titularidad de una oficina de farmacia. Sería en 1975 cuando se normalizó la capacidad jurídica de la mujer en estos ámbitos.

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